Guna Yala —«tierra Guna»— es el nombre propio del archipiélago que casi todo el mundo conoce como San Blas. Es una comarca indígena autónoma de Panamá: unos 365 cayos y una franja de costa gobernados por el pueblo Guna, con sus propias autoridades, sus propias reglas y su propio idioma. No es un parque natural ni un destino turístico administrado por el Estado.
«Kuna» con K es la grafía antigua. El pueblo pidió oficialmente escribirlo con G en 2010, porque en su idioma no existe el sonido de la K castellana. Guna es la forma correcta hoy.
Guna Yala se gobierna sola desde 1925, cuando la revolución Guna acabó con los intentos de Panamá de imponerles otra forma de vida. El acuerdo que salió de ahí sigue vigente: el territorio es suyo, y quien entra lo hace bajo sus reglas.
Por eso al cruzar la frontera de la comarca se paga un impuesto de entrada, que va directo a la comunidad y no al Estado. Por eso no hay hoteles de cadena, ni edificios de más de una planta, ni nadie de fuera puede comprar una isla. Y por eso el alojamiento son cabañas de caña y palma llevadas por familias Guna.
Las decisiones se toman en el Congreso General Guna, donde cada comunidad tiene voz. Un tour puede cambiar de ruta de un día para otro si el congreso local lo dispone, y eso no es improvisación: es que mandan ellos.
La mola es el textil Guna: capas de tela de colores cosidas y recortadas a mano hasta formar un dibujo. Una mola sencilla lleva días de trabajo; una buena, semanas. Las mujeres las llevan en la blusa, y las que se venden al visitante son las mismas piezas que se usan a diario.
Regatear una mola es regatear un salario de dos semanas. Si te llevas una, llévate la buena y págala: es la forma más directa que tienes de que tu viaje deje dinero en la isla.
Sobre todo a las mujeres mayores. Muchas cobran una propina simbólica por la foto, y es razonable: para ellas no es un paisaje, es su casa. Si dicen que no, es que no.
No hay cajeros ni datáfonos en ninguna isla. Un billete de 50 no lo puede cambiar nadie.
Viene de lluvia o se trae de tierra firme en bidones. Una ducha larga en una isla es agua que le falta a alguien.
No hay servicio de recogida. Lo que entra en una lancha tiene que salir en una lancha.
El idioma Guna se llama dulegaya y lo habla casi toda la comarca; el español es la segunda lengua. Estas cuatro abren muchas puertas:
Nuestros guías son de la comunidad. No es un detalle de marketing: es la diferencia entre que te enseñen una isla y que te cuenten de quién es.
Sí. San Blas es el nombre colonial que le pusieron desde fuera y el que sigue usando el turismo; Guna Yala es el nombre propio y el oficial de la comarca desde 1998. Los dos se refieren al mismo archipiélago.
Sí, un impuesto de entrada a la comarca: $22 por extranjero y $7 por residente panameño, en efectivo y una sola vez. Se paga en el control de la frontera Guna y va directo a la comunidad. No está incluido en el precio de ningún tour.
No hace falta un permiso aparte del pago de entrada, pero moverse por libre es complicado: hace falta un 4x4 para el último tramo de carretera y una lancha contratada, y las islas habitadas se visitan con alguien de la comunidad.
Alrededor de 30.000 personas repartidas en unas 50 islas habitadas y varios pueblos de la costa. La mayoría de los cayos que se visitan en los tours están deshabitados.
No. La tierra de la comarca es colectiva y no se vende a nadie de fuera. Los alojamientos que se ven en las islas pertenecen a familias Guna, aunque a veces los comercialice una agencia.
Sí. La comarca es de las zonas más tranquilas de Panamá: comunidades pequeñas donde todos se conocen. Los riesgos reales son el sol, la deshidratación y el mar, no la gente.